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RECUPERA TU LIBERTAD INTERIOR

Hoy se escucha tanto esta palabra: desapego, la realidad es que llegar a comprender y sentir esta acción es más profundo de lo que se piensa, cuando pierdes a alguien o algo que ha sido parte de ti , el frío que pasa por tu cuerpo, y todo ese malestar que se genera nadie te lo podrá quitar, pero si hay formas de integrar y sobrepasar este vacío, esta ausencia, esta sensación que consume.


Dentro del enfoque del crecimiento personal y la espiritualidad, el término desapego es clave para alcanzar la felicidad. Significa ser capaces de sortear las barreras de nuestra zona de confort para dejar de necesitar, de depender, de vivir con miedo a perder dimensiones a las que nos aferramos en exceso. Porque sólo cuando seamos capaces de vencer al ego dejaremos por fin de sufrir.


Intentemos por un momento explicar ¿qué es para nosotros la felicidad? Hay quien diría que feliz es quien tiene grandes bienes, una buena pareja, una holgada cuenta corriente. Todo ello cubre sin duda muchas de nuestras necesidades más básicas. Sin embargo ¿ofrecen estas dimensiones un sentido auténtico de bienestar? En realidad, la definición más ajustada sobre lo que es la felicidad no puede ser más simple: felicidad es ausencia de miedo.


Practicar el desapego es por tanto el primer paso para alcanzar ese estado. Es permitirnos ser más libres, más ligeros, menos aferrados a lo que tenemos o lo que nos falta. Es vivir desde el corazón sin tener que necesitar de forma compulsiva nada ni a nadie. A su vez, significa también poder y saber darnos a los demás con autenticidad y sin presiones.

La liberación emocional que genera el desapego nos ofrece la opción de vivir con más honestidad

Es entonces cuando ante nosotros surge la opción de crecer, de avanzar con conocimiento de causa. Sin dañar a nadie, sin que nadie nos ponga tampoco su cerco camuflado con las cadenas del amor pasional, filial o incluso materno.


¡Aprendamos como comprende el desapego!


Nadie va a retirar por nosotros cada piedra que encontremos en el camino. Al igual que nadie va a respirar por nosotros ni se ofrecerán voluntarios para cargar nuestras penas o dolores.


Cada uno de nosotros somos artífices de nuestra propia existencia.... Y algo así implica valentía. Significa que debemos desapegarnos de las opiniones ajenas, de la necesidad de ser validados, de esperar la aprobación de los demás para seguir adelante con nuestras decisiones, sueños o proyectos.


Somos personas libres, listas para crear el destino que creamos conveniente, siendo plenamente consciente de ese derecho a ser constructores del propio destino.


No pongas en el bolsillo de los demás tu propia felicidad.


No concibas la idea de que para ser feliz en esta vida, es esencial encontrar una pareja que te ame, o tener siempre el reconocimiento de tu familia. La soledad a veces es la mejor compañía para favorecer nuestra autorrealización.



Cultiva tu propia felicidad, siéntete responsable, maduro, toma conciencia de tus decisiones y de sus consecuencias, elige por ti mismo y no dejes nunca que tu bienestar, dependa de opiniones o consejos ajenos.


En esta vida, nada es eterno, nada permanece, todo fluye y retoma su camino tejiendo ese orden natural que tanto nos cuesta asumir a veces. Las personas estamos casi siempre centradas en todo aquello que ocurrió en el pasado y que, de algún modo, se convierte ahora en una dura carga que altera nuestro presente.


A menudo, estamos tan «apegados» a todos esos eventos acontecidos en el ayer que se nos olvida los más importante: vivir. Ponemos toda nuestra atención en esas desavenencias familiares, en trauma que nos ronda y condiciona, en esa pérdida, en ese fracaso sentimental o esa frustración no superada… Todo ello son anclas que nos aferran, que ponen cadenas en nuestros pies y anzuelos en nuestra alma.


Desapego no es cortar vínculos o establecer lazos marcados por la frialdad emocional. Todo lo contrario. Estamos ante una dimensión donde aprender a limar miedos para amar de forma más auténtica y respetuosa. Es saber dar y permitirnos recibir sin presiones, sin necesidades ciegas, sin ansiedades o con el eterno temor a ser abandonados. Es preferir sin necesitar al otro.


Asimismo, otro aspecto que debemos recordar sobre el desapego es que no estamos obligados a ser responsables de la vida de los otros. Así, no falta quien por ejemplo ansía encontrar pareja para huir de la soledad o incluso para sanar viejas heridas del ayer. Tengamos claro que ninguno de nosotros tiene la obligación de ir de héroe. De rescatar a otros para curar sus soledades o fracturas provocadas por antiguas relaciones. Este tipo de lazos solo generan sufrimiento.


Los apegos intensos nunca son saludables, pensemos por ejemplo en esos padres obsesivos que se exceden en la protección de sus hijos y que les impiden poder madurar, poder avanzar con seguridad para explorar el mundo.


La necesidad de «despegarse» es vital en estos casos, ahí donde cada uno debe salir de los límites de la certidumbre para aprender de lo imprevisto, de lo desconocido.



En toda corriente budista y espiritual está presente la idea de la impermanecia. Hablamos de esa dimensión donde estamos obligados a entender «sí o sí» que en esta vida nada perdura, que nada puede contenerse eternamente.


Las relaciones e incluso las cosas materiales, cambian, maduran, y a menudo hasta terminan desvaneciéndose. Asumamos por tanto la idea del cambio, la ausencia e incluso la pérdida como una ley vital a la que no podemos cerrar los ojos.

La vida es cambio, pero también movimiento y todo ello forma parte del desapego. Y como tal, hemos de aprender a asumirlo para afrontarlo con mayor integridad. Con mayor fuerza. No obstante, lo que nunca cambiará, es tu capacidad de amar: empieza siempre por ti mismo.

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